Vol. 2009 en línea


Contenido

Palabra de Dios, palabra del pueblo

Traducción de la Biblia en tiempos. . . posmisioneros

Edesio Sánchez Cetina

Introducción:

Para abordar nuestro tema, es necesario colocarlo en el contexto de la misión primordial de la iglesia en nuestro aquí y ahora Latinoamericano. A la pregunta ¿en qué consiste la tarea evangelizadora de la iglesia?, sin duda la respuesta de cualquier cristiano versado en la misionología será la de alcanzar con el poder transformador del evangelio a toda persona en la totalidad de su ser. Es decir, la misión de la iglesia es y debe ser «integral». Solo así se pueden entender las palabras de Jesús cuando dijo: Yo he venido para tengan vida, y para que la tengan en abundancia (Jn 10.10, RVR).

«Cuando hablamos de salvación en América Latina», decía Emilio Castro hace más de tres décadas, «podríamos hacerlo en cuatro círculos concéntricos. . . [1] la salvación como liberación de la necesidad. . . [2] la salvación como liberación de la opresión. . . política. . . económica. . . y cultural. . . [3] la salvación como liberación de la instrumentación [o] cosificación. . . y [4] la salvación como liberación de la soledad existencial. . . [Es decir, el ser humano tiene que] ser liberado y salvado para una relación con Dios que dé sentido último a todo su quehacer».[1]

Las sagradas Escrituras nos cuentan, tanto en sus primeras páginas como en las últimas, que Dios no tuvo la intención de tratar de manera exclusiva con una iglesia, con una raza, con una etnia o con una nacionalidad, sino con toda la creación. Además, con la proclamación del reino de Dios en el mensaje de Jesucristo, se vuelve a insistir que el proyecto divino rebasa los lindes de la iglesia y de cualquier etnia o cultura. René Padilla habla del tema en estos términos: «Hablar del reino de Dios es hablar del propósito redentor de Dios para toda la creación y la vocación histórica que tiene la iglesia respecto de ese propósito en el aquí y el ahora. . .»[2]

Junto con el asunto holístico y universal de la misión, el segundo tema clave es el de la encarnación. La encarnación de Dios en Jesucristo sustenta la teología bíblica de la misión. Ya desde el Antiguo Testamento se afirma, en primer lugar, que Dios centra su interés primordial en el ser humano al crearlo «a su imagen y semejanza». Dios «se ve a sí mismo» en el ser humano—varón y mujer y por ello no puede permitir su perdición, su fracaso. En segundo lugar, la proclamación profética afirma que el proyecto salvífico de Dios se da en un compromiso de total presencia divina en y con el ser humano al prometer a «Emmanuel» («Dios-con-nosotros»). Pablo, en su exposición hímnica de Filipenses 2.6-8 (TLA), une estos elementos al decir:

6 Aunque Cristo siempre fue igual a Dios,

no insistió en esa igualdad.

7 Al contrario,

renunció a esa igualdad,

y se hizo igual a nosotros,

haciéndose esclavo de todos.

8 Como hombre, se humilló a sí mismo

y obedeció a Dios hasta la muerte:

¡murió clavado en una cruz!

Llama la atención que el título que Jesús mismo se impuso fue el de «Hijo del hombre» (en buen castellano, «ser humano cabal»). No se llamó «Hijo de Israel» o «Hijo de Judá» sino simple y llanamente «ser humano».

La misión, de acuerdo con el principio de la encarnación, insiste en que el compromiso va de quien «lleva» el evangelio hacia el receptor, y debe definirse más bien en términos de «solidaridad». El «misionero» no solo proclama[3]sino se «inmiscuye» en la vida y cultura del receptor. Pablo usa un lenguaje gráfico y radical cuando dice: renució a ser igual a Dios. . . se humilló a sí mismo. . . [se solidarizó] hasta la muerte. En el libro Beber en el Pozo Ajeno, Luis Augusto Castro dice: «Más un ser humano es diferente de nosotros, más debe interesarnos, pues representa un fragmento de humanidad que debe revelársenos. . . Quien ama a Dios pero no tolera ni acoge a quien es diferente, no ama a Dios; se ama a sí mismo. Su fe es una forma de narcisismo. Nuestra fe, nos exige abandonar ese estilo viejo pero aún muy presente de rechazar a los otros cuando no se entienden, cuando se ven muy diferentes de nosotros, cuando no logramos encajarlos en nuestros modelos habituales.»[4]

Las Sociedades Bíblicas Unidas, como una organización que sirve a la iglesia, no dudan en insertarse dentro de la perspectiva misional considerada en los párrafos anteriores. El simple hecho de que se publique en este tiempo un libro sobre la historia de las traducciones bíblicas es ya una respuesta a esa visión.

En este capítulo nos interesa discurrir sobre el tema no desde el punto de vista histórico, per se, es decir, el cronológico, sino desde la práctica de la tarea de la traducción bíblica que se define como «posmisionera» vis a vis la «misionera». Bill Mitchell, en su artículo, “Bible Translation and Indigenous Culture”, define ambas palabras de esta manera:

Aunque es cierto que la traducción de la Biblia juega un papel importante en la supervivencia de in idioma, debe tomarse seriamente en cuenta el peligro inherente que existe al «reducir» un idioma hablado a lenguaje escrito. Si se introducen categorías y formas de pensamiento ajenas a la lengua, esto se convierte definitivamente en un elemento más de colonización. Otros, aunque con buenas intenciones, terminarían imponiendo sobre un grupo indígena una versión de su propio idioma que es realmente ajeno a los hablantes.

 

Para evitar estos peligros, el traductor que no es un hablante nativo, debe experimentar una radical conversión a las formas indígenas de pensamiento y expresión. El veterano traductor menonita, Dietrich Lepp, residente en Paraguay, al comentar de su participación en la traducción de la Biblia al enxet, dijo: «Ha sido una verdadera experiencia de descubrimiento; un profundo encuentro con el Nuevo Mundo. Este tipo de experiencias han abierto nuevos caminos para una transición más expedita en la historia de las traducciones bíblicas. De “traducciones misioneras” a traducciones hechas por traductores nativos. Este cambio es un excelente antídoto contra el peligro de una nueva «colonización».[5]

Traducción «misionera»

La intención de este ensayo no apunta hacia un recuento de la historia de las traducciones bíblicas desde sus orígenes hasta el presente, ni tampoco intenta presentar la historia de las traducciones bíblicas en las Américas.[6] El propósito se centra, como ya se ha indicado, en hablar de la traducción posmisionera de la Biblia. Eso nos lleva a abordar, en forma un poco más extensa lo que se entiende por traducción misionera de la Biblia. Lo que sigue permitirá reconocer que la traducción «misionera» es algo más que el trabajo realizado por un misionero—persona que ha dejado su patria y cultura para vivir por un tiempo en medio de una cultura y una lengua ajenas a la suya—ayudado por uno o varios nativos, conocidos también como «informantes» (véase la definición de Mitchell en los dos párrafos anteriores). Este es, sin duda, el elemento que surge de inmediato cuando hurgamos algunos artículos del pasado sobre traducción de la Biblia. Veamos dos ejemplos publicados en The Bible Translator:

Probablemente nada sea más valioso para el traductor de la Biblia que un uso constante y detallado de textos nativos en el idioma al que se hace la traducción de la Biblia. Todo buen traductor ha hecho abundante uso de esos materiales, ya sea porque existen como literatura escrita o porque han sido obtenidos en forma oral a través de informantes nativos.[7]

...personal de Wycliffe Bible Translators y del Instituto Linguístico de Verano viven inmersos en tribus aborigines... analizando los idiomas y traduciendo las Escrituras..

Ellos, [las Sociedades Bíblicas] han publicado un evangelio o porción, traducido por nuestro personal [misioneros], a 36 idiomas y dialectos... Ellos [las Sociedades Bíblicas] tienen Nuevos Testamentos en proceso de publicación, traducidos por nuestro personal [misioneros]...[8]

Sin embargo, el pasado y el presente nos enseñan que lo que aquí llamamos traducción «misionera» de la Biblia, por más encomiable que haya sido su aporte en el pasado, ha traído consigo prácticas y actitudes que solo se pueden definir como negativas y contraproducentes. Vayamos «varios pasos» atrás en la historia de la llegada del cristianismo a tierras americanas.[9]

Atahualpa, el soberano de los Incas, el 16 de noviembre de 1532, después de inspeccionar la Biblia que le había entregado el sacerdote Vicente de Valverde para constatar la aseveración hecha por el prelado—«A quí está el Dios verdadero y la verdadera religión»—la arroja al suelo diciendo: «¿Qué, cómo a mí no me lo dice? ¡Ni siequiera me habla el dichoso libro!»[10]

Y es que el soberano Inca y su pueblo hacían literatura y la leían de manera diferente a la del español que lo vino a conquistar; ellos usaban quipus, el español tenía los libros. Valverde, como es de esperarse, no conocía el quipu así como Atahualpa no conocía el libro que aquel le había entregado. Si el Inca arroja al suelo el objeto desconocido, el español ni siquera se imagina que los cordones de algodón y lana de muchos colores que tenían los incas era sus «libros». El español ignoraba que cada color tenía un significado diferente. Los quipus eran hilados, tejidos, anudados y torcidos en variadas formas y combinaciones. Eran de distinta textura, forma y tamaño tanto de los nudos como de los cordones, dependiendo de lo que se quiera registrar. Los «escribanos» incas, conocidos como quipucamayocs, consignaban en los quipus cuentas, cronologías, historias, tributos, estados civiles, rituales, leyes, ordenanzas, censos, etc. Paralelamente tenían keros, es decir, vasijas rituales para tomar, y textiles, en donde registraban experiencias históricas de su pueblo.

A su llegada, el español trajo el «evangelio» pero lo trajo atado a un idioma, medio y forma que no decían nada al inca. Más bien, con ese libro llegó una ideología y un sistema de vida opresiva que aún existe en nuestros días. No, no llegó la Palabra de Dios ni el evangelio. Así se lo hicieron ver al papa Juan Pablo II en Perú, en 1985:

Nosotros, los indios de los Andes y de América, hemos decidido aprovechar la visita de Juan Pablo II para devolverle su Biblia, porque, en cinco siglos, ésta no nos ha dado amor ni paz ni justicia. Por favor, tome de nuevo su Biblia y devuélvasela a nuestros opresores pues ellos tienen más necesidad que nosotros de sus preceptos morales. Porque, desde la llegada de Cristóbal Colón, se impuso a América por la fuerza una cultura, una lengua y unos valores propios de Europa.[11]

Hoy día, en pleno siglo XXI, seguimos todavía «atados» a la supremacía del libro y de toda la carga cultural, ideológica y domesticante que tiene. Hasta ahora, por lo general, cuando se hacen planes para traducir la Biblia o partes de ella en alguna lengua indígena, lo primero que viene a la mente y lo primero que esperan los líderes eclesiásticos es un libro igualito al que usa la cultura dominante: el patrón o modelo que trajo el misionero, de tapa negra y canto dorado o colorado. Al igual que Valverde, pocos, y a veces nadie, preguntan desde la cultura y educación del indígena qué medios y formas tiene este para que «escuche y lea» el mensaje de la palabra de Dios.

La actitud de un buen número de «misioneros» es de rechazo o de menoscabo del indígena, de su lengua y de las formas y medios que usa para comunicarse. En una de las reuniones que tuve con uno de los equipos de traducción en cierto país centroamericano, el coordinador de la traducción, un misionero norteamericano, después de la reunión me dijo: «¿Por qué trata a los “indios” así? ¡A ellos no se les debe pedir opiniones, se les ordena, y ya, pues no entienden razones!». Esta experiencia personal desgraciadamente no es única ni aislada. Casos similares se encuentran documentados en varias publicaciones.

[Un sacerdote católico que] trabaja con indígenas guatemaltecos. El dice: "...Esta gente tiene que aprender que los servicios requieren de sacrificios. Es una nueva lección para esta gente. Ellos no son responsables. Ellos no trabajan a menos que yo los esté vigilando. Ellos no contribuyen a menos que yo los obligue. Los indios son como niños...".[12]

[Un pastor evangélico que] también trabaja con indígenas de Guatemala. En noviembre de 1999, en una reunión de pastores de su denominación dijo: "yo seguiré predicando la palabra de Dios hasta que los indios endemoniados se conviertan a Cristo. No descansaré hasta que vea que este pueblo sea liberado del diablo. Ahora ya tengo la fórmula, si se les habla como la gente a los indios, no hacen caso, no entienden. Pero si se les grita obedecen".[13]

Esta actitud se nota, de manera implícita, a través del salario que se paga, de las instalaciones donde trabajan los traductores indígenas y de la actitud hacia su idioma. Respecto de esto último mi padre me decía en cierta ocasión: «Edesio, ¿cuándo has escuchado que al indígena se le felicite por lo bien que habla su idioma? Más bien, se le denigra y avergüenza por lo mal que habla el castellano». Además, en la traducción «misionera» de la Biblia, la educación, las herramientas y el equipo se orientan a preparar mejor al «misionero», al que «trae el mensaje». Al indígena a penas se le enseña lo básico para realizar su traducción del español o inglés a su idioma materno.

Normalmente cuando en esta nuestra parte del mundo se habla de traducir la Biblia o de tenerla disponible para toda persona, tiene que hacerse una distinción, quiérase o no: la Biblia para el hispanohablante y la Biblia para el «indígena», aquel hombre o mujer que no tiene al español como su idioma materno. Si bien existen honrosas excepciones, la mayoría de nuestras Sociedades Bíblicas nacionales concentran casi por completo sus energías, recursos y «amor» por la distribución de prácticamente una sola Biblia, la Reina-Valera en sus diversas versiones.

A esta casi exclusividad se debe añadir la distribución de materiales en español para niños y para la Educación Cristiana, y de manera creciente audio casetes y CDs de música cristiana contemporánea. ¿Preocupación por hacer llegar la Palabra de Dios a los grupos indígenas? Aunque la mayoría declararía fervientemente que es una prioridad, en realidad casi no ocurre, u ocurre de manera pobre y muy aislada.

Lo dicho en el párrafo anterior parece contradecir el hecho indiscutible de que en las últimas décadas, aquí en las Américas, un buen número de Biblias completas han sido entregadas a distintos grupos indígenas. Pero, a mi modo de ver, aquí está uno de los problemas inherentes a nuestro ministerio desde que prácticamente empezó. Cuando se habla de hacer llegar las Sagradas Escrituras a los pueblos indígenas, de inmediato se piensa, como ya se ha señalado anteriormente, en la producción de Biblias, Nuevos Testamentos o porciones en forma de libro, y tienen que mantener mucha similitud con los que se distribuyen entre los que hablan el castellano, el portugués y el inglés. Parece ser que en el subconsciente de la gente está la idea de que solo es Palabra de Dios si se distribuye como «el libro que se usa entre los ladinos» (entre los de habla hispana). Pocos osan preguntar si la inmensa mayoría de es pueblo ya está listo para recibir la Palabra de Dios en forma de libro, si la gente puede leer en su idioma, o si existe otro medio o forma más adecuada para ese grupo lingüístico particular.

En el proceso de traducción y en el momento de su publicación, las preguntas que están en la mente de algunos coordinadores y traductores tienen poco que ver con el grueso de la población indígena. La preocupación se orienta hacia los líderes denominacionales y demás «gatekeepers» de la iglesia. Durante el proceso de la traducción de la Biblia maya, una y otra vez me decía el coordinador del proyecto—yucateco mestizo, experto mayista y presidente de la Academia de la lengua maya—: «Edesio, cuánto quisiéramos que tal o cual versículo o pasaje se tradujera de la manera más fiel y natural en maya, pero más fuerte es el temor de que nuestro trabajo sea rechazado cuando se compare con la Reina-Valera o cuando el misionero «fulano» no apruebe la manera en la que traducimos esta u otra palabra». En efecto, años después de publicada la Biblia maya, uno de los auspiciadores de la nueva revisión de su texto, me dijo: «Edesio, al hermano «misionero» nunca le gustó que cambiaran la expresión Jajal Dios por el título Hunab Kú parar referirse a Dios, porque ese título es de origen pagano e idólatra, y otros de los pastores están de acuerdo con él». Aunque vale aclarar que la expresión propiamente maya, Hunab Kú[14], refleja mejor el sentido del nombre hebreo «Yavé» que la expresión preferida por el misionero.

Además de lo dicho con anterioridad, en la traducción «misionera» de la Biblia varios elementos teológicos y hermenéuticos imperan, pero que deberían dejarse de fuera de una vez por todas: la base textual de la traducción, el principio de traducción que se sigue, el formato de su presentación, etc.

Es muy rara—de hecho no conozco ninguna—una traducción de la Biblia en lengua indígena cuya base textual hayan sido los idiomas «bíblicos» (hebreo, arameo y griego). La marca de una traducción «misionera» de la Biblia es que su base textual viene a ser, por lo general, la versión más usada y querida por el grupo mayoritario y dominante del idioma «oficial». En la mayoría de las Biblias traducidas hasta, más o menos, la década de los 70, el texto base fue la Reina-Valera, revisión de 1909 o de 1960. Cuando salió la Versión Popular (Spanish Common Language), conocida también como Dios Habla Hoy, y se empezó a hablar de traducción por «equivalencia dinámica o funcional», los Consultores y coordinadores de traducción empezaron a insistir que las traducciones a lenguas indígenas usaran la SCL como modelo con el fin de que la traducción suene natural en los oídos de los receptores; es decir, como si la Biblia fuera escrita originalmente en ese idioma. Pero el cambio de versión no ayudó mucho. Un importante número de traducciones resultaron ser una traducción literal de la SCL. Y, como «nota al pie de página», esta versión ha «sufrido» ya dos revisiones de tal modo que el nivel popular tan anhelado como característico de ella ya no existe. Por la presión eclesiástica, todo el vocabulario «eclesiástico» ausente en la primera versión aparece de nuevo, y el nivel de lenguaje se ha elevado considerablemente.

Lo anterior nos lleva al siguiente punto, es decir, los principios de traducción seguidos en tal o cual proyecto a lenguas indígenas. Literalismo es otra de las marcas de una traducción «misionera» de la Biblia. La premura del tiempo, la falta de entrenamiento, el desconocimiento de las características lingüísticas tanto del idioma fuente como del receptor, impiden al traductor indígena verse libre de la «esclavitud» de la versión en el idioma mayoritario—como se nota no solo en el formato de libro. Esto se nota también en la producción de audio casetes y CDs. Las grabaciones hechas en varios idiomas indígenas son lecturas audibles de la traducción que se encuentra impresa en la Biblia. Rara vez se ha tomado en consideración que una grabación en audio requiere de una adaptación especial del «texto» sagrado. Mucho menos se han considerado los géneros y medios propios de la cultura indígena ni el fondo musical.

La base textual y el literalismo van, a menudo, de la mano con una hermenéutica y teología que refleja el marco epistemológico del «misionero» o de la iglesia que auspicia o realiza la traducción. Por lo general esa teología es conservadora y fundamentalista. ¿De qué otra manera se podría explicar la afirmación que se hace en el artículo citado de Keneth L. Pike?: “. . . Persons are eligible for the courses after they had three years of training. . . We encourage application from those who are theologically conservative o evangelical».[15]

Es característico de una mentalidad colonial y colonizante el no traducir las Escrituras en la lengua del receptor, sino más bien «traducir al receptor» a la cultura y cosmovisión del colonizador. El lenguaje en el que se presenta la Biblia que se ofrece al receptor, lo ayuda a afirmar y apreciar más su cultura y su entorno lingüístico, o lo arrebata de él para leer una traducción con sabor a hebreo, a griego, o, peor aún, al idioma de la versión que sirve de base. Para entender mejor la anterior apreciación vale la pena reproducir lo que Luis Augusto Castro dice al respecto:

El lenguaje es un sistema simbólico de códigos con los que se da nombre a las diferentes realidades y se expresa el significado que tienen. Aprender la lengua de un pueblo es muy importante pero no suficiente. Hay que aprender el lenguaje, esto es, el significado que las palabras tienen para ese pueblo. . . Quien sabe la lengua pero no el lenguaje se parece a quien debe guiar un vehículo en un país extranjero donde los signos son diferentes y se corre el riesgo de una multa.[16]

Existen líderes cristianos, coordinadores de traducción y equipos de traductores que se precian de ser fundamentalistas, y por ello auténticos cristianos. Para ellos «creer en la Biblia» es interpretarla literalmente, considerar cada palabra presente en ella como inerrante (en lo doctrinal, en lo histórico, en lo científico, en lo gramático y en lo clerical) y totalmente divina, sin aceptar otra autoridad sobre ella o igual a ella. Consideran como su responsabilidad al traducir la Biblia que esa traducción sea fiel a la letra y a la forma, tal como se encuentran en los «originales». Generalmente, la postura fundamentalista y conservadora, por su actitud de respeto al texto y a su forma, tiende a preferir una traducción más rígida, más desactualizada y menos abierta al público, especialmente al no-eclesiástico. ¡Cambiar las palabras «teológicas» que ya han formado y estructurado una doctrina y una confesión se considera un atentando contra la vida misma de la iglesia! Asegurarse de la «base textual» y de realizar una traducción «formal» es la manera de mantener la «sana doctrina». Por supuesto, como ya se ha señalado más de una vez, esas versiones «sacrosantas» por su fundamentalismo y literalismo no pueden considerarse como traducciones fieles del hebreo, arameo y griego. Un buen número de trabajos publicados en las últimas décadas han demostrado la falacia de mantener en las traducciones literales términos como «alma», «siervo», «justificación», todo el vocabulario relacionado con la opresión y la esclavitud, para citar algunos ejemplos.[17]

Las reacciones fuertes contra una nueva versión o traducción surgen, como ya se ha dicho, por el cambio de la letra de algunos pasajes que afirman una postura doctrinal propia. Esas reacciones demuestran de inmediato cómo algunas de nuestras doctrinas más queridas se basan no en el mensaje original de las Escrituras, sino en la letra de algunas de sus traducciones—literales o no. Lo anterior nos debe llevar a afirmar que los traductores son también intérpretes. Que el producto de la traducción no es la transposición objetiva del significado del texto original, sino también las decisiones hermenéuticas del traductor. Todo traductor al traducir hace teología y toma decisiones teológicas. Hace también, por supuesto, decisiones ideológicas, morales, raciales, políticas y de sexo.

Cuando un traductor o un equipo decide poner en su traducción de Génesis 1.2 «Espíritu» con «E» mayúscula y no con minúscula, está haciendo una decisión doctrinal. Cuando en la traducción se decide poner en Isaías 7.14 «la virgen» en lugar de «la joven», se está haciendo una decisión doctrinal. Cuando en Mateo 5.3 se traduce la frase griega joí ptojoí to pneúmati por «los pobres en espíritu» o «necesidad espiritual» o «espiritualmente pobres» o «espíritu de pobres» o «los que eligen ser pobres», se está tomando una decisión doctrinal e ideológica.

Aun la decisión de empezar con la traducción del Evangelio de Juan, o de todo el Nuevo Testamento, antes que del Antiguo Testamento, es ya una decisión que conlleva mucha carga ideológica y teológica. Por otro lado, existe la idea, consciente o no, de que el Nuevo Testamento tiene más valor que el Antiguo, que el Nuevo Testamento es más espiritual que el Antiguo. Una tarea evangelizadora que tenga por meta salvar almas para el cielo, elegirá sin duda al Nuevo Testamento como su herramienta primaria.

En contra de la misma tradición bíblica y canónica, hay grupos dogmáticos que no comparten ni apoyan la traducción de la Biblia con los Deuterocanónicos. Y, tristemente, una de la razones es que no se quiere colaborar con una confesión a la cual de antemano se ha catalogado de no-cristiana o idólatra.

Traducción «posmisionera»

Empezaré esta sección citando las palabras del antropólogo Tito Paredes:

La traducción de la Biblia se enmarca dentro de la misión de la Iglesia como algo básico y fundamental, y se perfila como la piedra fundamental que sustenta todas las dimensiones de la misión integral. . . Ningún pueblo puede llegar a un conocimiento pleno de Dios si no tiene acceso a toda la Palabra revelada de Dios en su propio idioma. Por ello es fundamental que la misión de la Iglesia incluya la “traducción de toda la Biblia a todos los idiomas del mundo por toda la Iglesia”.[18]

Las palabras «toda», «todos» e «integral» presentes en la cita anterior nos obligan a afirmar que la traducción de las Sagradas Escrituras y su distribución no pueden hacerse al margen de la realidad de nuestra América tercer mundista, incluyendo por supuesto, a los grupos amerindios de Estados Unidos y Canadá. No se puede pensar en la mayoría de la población latinoamericana sin considerar que el 50 % de ella es menor de 18 años, y que en muchos de nuestros países el 70 % de los niños y los jóvenes viven en situaciones de pobreza. La iglesia no debe embarcarse en la evangelización de América Latina (y de las Américas en su totalidad) sin considerar que millones de latinoamericanos no forman parte de la cultura lingüística hispana o portuguesa o inglesa, sino que pertenecen a varios cientos de grupos lingüísticos que ya existían aquí mucho antes de que Colón pisara tierras Americanas. Gran cantidad de niños y jóvenes que hoy deambulan por las calles de las enormes urbes latinoamericanas y también de los Estados Unidos, llevan en su sangre y su vida el estigma de ser «indio» o «mestizo» y el de hablar una lengua que no tiene el estatus del español, el portugués o el inglés, y de mal hablar el español, el portugués o el inglés.

Ese 50 % o más de la población latinoamericana, sea de sangre «india» o no, es, de acuerdo con Eduardo Galeano, pobre: «Niños son, en su mayoría, los pobres; y pobres son, en su mayoría, los niños. Y entre todos los rehenes del sistema, ellos son los que peor la pasan. La sociedad los exprime, los vigila, los castiga, a veces los mata: casi nunca los escucha, jamás los comprende.»[19]

El reconocimiento de lo anterior es el primer elemento a considerar en una traducción «posmisionera» de la Biblia. Aunque costó mucho esfuerzo, presiones y frustraciones, uno de los grandes logros del final del siglo y milenio pasados fue el de haber terminado la traducción de la Biblia en Lenguaje Sencillo (BLS) conocida en el mercado como Traducción en Lenguaje Actual (TLA) para ese público mayoritario de habla castellana del que hemos hecho referencia en los párrafos anteriores. Contra viento y marea se «luchó» para que esta traducción fuera para los «jóvenes lectores» (niños y adolescentes) a quienes consideramos desde el principio como nuestra «audiencia» principal. Se elaboraron principios de traducción que, si bien siguieron los ya establecidos por las SBU, tomaron en cuenta los siguientes elementos: nivel de comprensión del idioma; características de la literatura infantil española; vocabulario, estructuración sintáctica de la oración y del párrafo orientado al lector y oyente no sofisticado en lo académico; la unidad de discurso como marco semántico prioritario; una traducción orientada más a ser escuchada que a ser leída por la audiencia primaria; exclusión de terminología «eclesiástica» y «doctrinal»—como la SCL originalmente, se piensa en un público no «eclesiástico».

El texto de la TLA mucho antes de su finalización como Biblia completa empezó a usarse en materiales para niños y jóvenes: cuadernos de educación cristiana y catequesis, libritos de lectura y dibujo, audio casetes, videos, rompecabezas, etc. El texto, aunque a publicarse como Biblia completa, se ha preparado primordialmente como base de datos disponible para las Sociedades Bíblicas nacionales, el departamento de Publicaciones de SBU en las Américas y organizaciones dedicadas a la evangelización y educación bíblica para niños y jóvenes.

El nivel logrado ha sido bienvenido en el público no infantil y juvenil, que ya desde antes de su finalización el texto de la TLA ha servido y sirve como modelo de traducción a idiomas indígenas. Esta traducción ha logrado ocupar el «lugar» abandonado por la SCL en sus dos últimas revisiones. De este modo, sin haberlo considerado al principio, también la traducción de la TLA responde a la realidad americana indicada al inicio de esta sección.

En esta traducción se ha hecho lo posible por lograr un lenguaje inclusivo, tanto de género como del uso del idioma a lo largo y ancho del mundo hispanohablante. Se han considerado seriamente las críticas levantadas, desde América Latina, contra traducciones domesticantes, paternalistas y opresoras. Títulos de párrafos o secciones que en otras versiones reflejan actitudes machistas o clasistas, han sido cambiados con títulos que dan reconocimiento al personaje clave o central de la historia. Por ejemplo, tanto en la RVR-60 como en la DHH, Josué 2 tiene como título «Josué manda espías a Jericó». Sin embargo, la lectura de todo el capítulo demuestra que la prostituta Rahab es el personaje central, ¿por qué no poner como título de la sección «Rahab y los espías» o «Rahab conspira contra el rey»? Textos, expresiones y palabras han sido traducidas de tal modo que reflejen, vía exegética, lo que el relato o pasaje quiere decir acerca de tal o cuál personaje. La traducción del libro de Rut solo se entiende a cabalidad cuando los nombres propios no solo se transliteran sino se traducen al español. En la historia de la curación de Naamán (2 R 5) el texto hebreo tiene naerà qetonah (v. 2) para referirse a quien estaba al servicio de él y su esposa. El uso de esta expresión, tanto femenina como masculina, en este y otros pasajes (ej. Is 11.6) se refiere claramente a «niña» o «niño», pero por lo general, las traducciones dicen en 2 Reyes 5.2 «muchacha» (RVR-60, NVI, NBJ). Una traducción más fiel y a la vez «liberadora» y «restauradora» pone «niña». Porque como niña el personaje de la historia no solo fue víctima de la guerra sino también instrumento de sanación y liberación del mismo sujeto de su esclavitud, Naamán. El versículo 14 adquiere su verdadera dimensión cuando se reconoce que la expresión naar qatón («niño») tiene su antecedente en el versículo dos con la «niña» la cual se constituye, en todo el pasaje, modelo de liberación y restauración de Naamán.

Pobreza y niñez desamparada son realidades que caracterizan la sociedad tercermundista y subdesarrollada. Ese es el mundo que sirven las SBU en América Latina, y es la población para quien fue dirigida en primera instancia la revelación divina en tiempos «bíblicos». Sobre esto se han escrito muchos libros y monografías tanto de parte de la academia nortatlántica como la latinoamericana. En nuestro medio, el biblista Pablo Richard ha señalado más de una vez que

son los pobres los únicos intérpretes legítimos del texto bíblico, pues ese texto pertenece a la memoria histórica de los pobres. Los pobres son el autor humano de los textos bíblicos. Toda la Biblia ha sido producida por los pobres o desde la perspectiva de los pobres, lo que permite a ellos y sólo a ellos encontrar la clave de su interpretación. . . En la historia de la humanidad son normalmente los grupos dominantes los que escriben la historia. Los pobres raramente tienen posibilidad de escribir la historia desde su perspectiva. Cuando logran hacerlo, esa literatura normalmente «se pierde» o es destruida por las castas intelectuales al servicio de la dominación. . . Por el contrario, los pobres ya en la misma gestación de la Biblia, en su etapa oral o escrita, han debido luchar tenazmente y con mucha astucia para que su libro permaneciera. La Biblia como libro de los pobres, ha sido un terreno de innumerables luchas y conflictos. Los pobres han tenido que defenderse para conservar sus libros como propios.[20]

La traducción «posmisionera» de la Biblia hace todo lo que está a su alcance, y más, para lograr que el sujeto de la traducción mantenga las mismas características y «credenciales» que tuvo el principal «autor humano» tal como lo define la cita anterior. En las traducciones a idiomas mayoritarios, pero especialmente en las de lenguas indígenas, nuestra organización y otras similares deben, por razón de su misión, hacer llegar el mensaje de la Biblia sin mediaciones innecesarias.

Dos cosas deben acentuarse al respecto. En primer lugar, las mismas Escrituras afirman que la Palabra suprema de Dios es Jesucristo. De esta manera se nos enseña que la iglesia es convocada y desafiada por una persona viva, por Dios mismo. Por ello, es hasta una blasfemia atar a Jesucristo, al Espíritu Santo, y a Dios Padre a una versión exclusiva, a una solo forma de leerla y a un esquema doctrinal para interpretarla. La Biblia que nos dirige hacia Dios y que coloca en su centro a Dios, se presenta ella misma como Palabra divina. Por ello, ella se convierte en fuente de de autoridad que asegura que nada ni nadie se convertirá en autoridad absoluta del ser humano y de la iglesia, sino solo Dios y su Palabra. Esta afirmación es en realidad importante y clave. Pues al reconocer a la Palabra de Dios como nuestra principal norma de fe y práctica, tenemos la posibilidad de librarnos de ideologías humanas y de poderes humanos y demoníacos que quieran controlar nuestra conciencia y libertad.

La misma diversidad de géneros literarios, de idiomas y dialectos, de estilos peculiares de cada autor, de tradiciones, de teologías, etcétera, es una afirmación contundente de que nuestro único Dios afirma la unidad en medio de la diversidad. Por ello, una importantísima lección que encontramos en la Biblia es que la natural diversidad que la conforma sirve de señal contra toda intención de privatizar a Dios y de armonizar las maneras de acceso a él.

En esa peculiar característica se da un duro ataque contra grupos e individuos que buscan domesticar a Dios, hacerlo su dueño privado, que sólo habla su idioma, que sólo expresa los gustos de ese grupo, y define la verdad de acuerdo a los estándares de ellos. Dicho lo anterior, podemos asegurar que así como Dios no es atrapable--(se capturan ídolos, no a Dios!--tampoco su palabra es manipulable. La Iglesia en general y las iglesias en particular no deben ceder a la tentación de tratar de controlar el mensaje de la Biblia ni de su testimonio.

Desde el mismo momento en el que Dios, en su soberanía, quiso que su Palabra llegase a todos, permitiendo que ella se transmitiera en el idioma cotidiano del pueblo (marcada por su cultura y cosmovisión), ella ya está bajo el dominio de quien la recibe, no de quien la emite.

Una verdadera y fiel traducción de la Biblia es aquella en la que logre dejar fuera toda mediación innecesaria entre el pueblo que recibe y Dios fuente primera de esa Palabra. Por eso la buena traducción no amarra al receptor a la forma del texto original, ni a la versión ancestral de siglos pasados, ni a la versión que «autorice» la doctrina o confesión de fe de tal o cual denominación. Quiere que el receptor tenga libre acceso al mensaje divino y que lo sepa suyo, lo saboree y lo ame. Después de todo, «la misión en la traducción quiere afirmar valientemente que la cultura receptora es el destinatario auténtico de la promesa salvífica divina y, como consecuencia, tiene un lugar de honor en “la gracia de Dios”, misma que rechaza toda clase de absolutismos culturales».[21]

Las SBU, en su lema, afirman: «La Palabra de Dios, en el idioma que la gente pueda entender, al precio que pueda pagar y en el formato más adecuado». En efecto, la principal razón de la existencia de nuestra organización es el hacer llegar la Palabra de Dios a «todos» en su idioma materno. Que cada hombre y mujer, niño, joven, campesino, obrero, estudiante, etc., tenga la oportunidad de acercarse a las Escrituras y de estas a Dios, sin tener que pasar por las mediaciones de segundos idiomas, cosmovisiones ajenas impuestas y teologías inyectadas desde afuera. Cada vez que la Palabra de Dios, en forma total o parcial, es traducida a un idioma nativo, se está cumpliendo el espíritu del proyecto salvífico y misionero de Dios (Véase Joel 2.28-29).

 

Si nuestros hermanos indígenas latinoamericanos, si nuestros niños y jóvenes van a ser sujetos de su liberación, será necesario hacer todo esfuerzo para que la Palabra de Dios entre en contacto directo con ellos. Un día después de que se entregó al pueblo quichua la Biblia en su propio idioma, en Colta (Ecuador), una mujer indígena visitó al misionero y muy preocupada le preguntó:

 

—¿Está usted enojado conmigo?

El misionero contestó:

—No. Pero )por qué me lo preguntas?

—Es que anoche recibí al Señor como mi Salvador.

—¡Te felicito!—dijo el misionero—Pero, ¿por qué habría de enojarme por eso?

La mujer respondió:

—Lo que nuestro hermano quichua predicó anoche es exactamente lo mismo que tú nos has estado diciendo todos estos años, pero en realidad nunca me tocó el corazón. No pensaba ni sentía que eso se aplicaría a mi vida, hasta que lo escuché de alguien en mi propia lengua.[22]

 

Este diálogo ilustra claramente por qué las SBU y otras organizaciones similares tienen como asunto prioritario traducir la Palabra de Dios a las lenguas indígenas. No podemos olvidar que el idioma es una realidad que forma parte de nuestro ser íntimo y personal y es el principal vehículo que nos comunica con el mundo que nos rodea. Sin lugar a duda, cuando empleamos nuestra lengua materna comunicamos de manera más completa nuestros sen¬timientos y pen¬samientos más íntimos. Podemos aprender un segundo idioma y utilizar¬lo para comunicarnos con los que hablan ese idioma; sin embargo, tan pronto como nos encontramos en el ambiente familiar o hacemos una oración, recurrimos a nuestro idioma materno sin siquiera pensarlo; en general, somos más inteligentes. Pero seamos claros, traducción de la Biblia en el idioma del pueblo es algo más allá que el volcar en palabras y estructuras el mensaje de la Biblia a una lengua indígena. Hay que considerar todo aquella que la lingüística moderna y la antropología cultural nos han enseñado al respecto, así como las voces proféticas de pastores, sacerdotes y teólogos acerca de la realidad social y económica de nuestros pueblos.

 

Nadie duda de que la Palabra de Dios cambie vidas, pero de una cosa debemos estar bien seguros que la Palabra de Dios en el lenguaje de los pueblos hace el impacto más completo e integral que una evangelización en un idioma extraño y cultura extraña. Se cuenta que cuando los primeros misioneros empezaron a hablarles a los esquimales de la doctrina cristiana, y les describían la dicha y plenitud de vida en las «mansiones celestiales», los esquimales preguntaron:

«¿Pero, en el cielo hay focas?» Y ante la respuesta negativa de los misioneros, los esquimales preocupados y desorientados dijeron: «entonces el cielo cristiano no es para los esquimales, porque ¿qué hace un esquimal sin focas?».[23]

La traducción de la Biblia desde una perspectiva «posmisionera» implica tomar muy en serio las formas y medios más adecuados de la cultura receptora. ¿Cuál es el mejor medio, el mejor «canal» para hacer llegar la Palabra de Dios a ese niño, niña, campesino, vendedora en el mercado, etc.? Esa es una pregunta obligada para nosotros. Cuando la Sociedad Bíblica del Brasil empezó a llevar a grupos de niños y jóvenes el mensaje a las fabelas de Sâo Paulo, pronto se dio cuenta de que el mejor medio era el de la dramatización espontánea. Grupos de jóvenes dramatizaban el texto de manera simultánea a su lectura. En la mayoría de nuestras comunidades indígenas, el medio más apreciado es el del relato. Las personas más admiradas, junto con los curanderos o hierberos, son los cuenta cuentos, «los habladores» como los llama Mario Vargas Llosa en su novela El hablador—ellos son contadores ambulantes de historias, «viviente memoria colectiva de los indios. . .», nos narran «en un lenguaje de desusada poseía y de magia, su propia existencia y la historia y mitos de su pueblo».[24] Este tipo de género usó, bien recuerdo, una mujer quichua en su exposición frente a más de mil personas durante la reunión de CLADE III en Quito, Ecuador. A nadie, ni al más preclaro expositor del congreso se le ovacionó de pie como a esta mujer al terminar su presentación. Había hablado como hablan y entienden los de su pueblo, y la audiencia fue tocada no solo en la mente, sino en el corazón y las entrañas. El «hablador» vuela y hace volar, «y volaba yo. . .».[25]

Las comunidades indígenas deberán enseñarnos géneros y métodos de comunicación y expresión literaria para llegar a pueblos con tradición más oral que escrita. Los niños deberán encontrar un espacio amplio para ser también sujetos del quehacer teológico y misionero. Sueño con crear materiales en los que por un texto bíblico traducido al nivel de comprensión de un niño, y con métodos exegéticos manejables por el niño, un niño de ocho años pueda hacer exégesis y llegar a conclusiones hermenéuticas tan serias y profundas como la que se espera de un adulto. En la traducción «posmisionera» de la Biblia, si bien mantenemos los ojos y oídos puestos en los avances tecnológicos del primer mundo para la comunicación, debemos orientar las «antenas» hacia lo que sobre comunicación nos enseñan y exigen los receptores privilegiados del mensaje bíblico, los pobres, los niños, las comunidades indígenas y marginadas.

 

En la traducción «posmisionera» de la Biblia se habla de «Scripture engagement»; es decir, ¿cómo hacer que la gente no solo adquiera su Biblia, sino que se «enamore» de ella, que la lea, que la estudie, que permita que ella transforme su vida. Para lograr eso, las SBU y sus empleados necesitan encarnarse; es decir, «meterse al lodo hasta las rodillas» y comprometerse con el pueblo receptor hasta el punto de «comprometer su vida». «Religiosidad con salvavidas es religiosidad orientada a la propia seguridad. Religión sin salvavidas es religiosidad vivida a favor de la vida ajena», nos recuerda L. A. Castro.[26] La solidaridad, el deseo de entrega obtienen más dividendos que la premura por planear una traducción, formar un equipo de traductores y realizar la traducción. La paciencia, aunque vaya en contra de todas las reglas del mercado y de la efectividad administrativa, rinde mejores frutos que la impaciencia; que la urgencia por realizar el trabajo. En el campo misionero produce mejores fruto aquel o aquella que se dedica primero a relacionarse con la gente, a experimentar su calor y hospitalidad, a sentirse en casa, a dejarse enseñar y a maravillarse de la riqueza cultural del pueblo. Antes de la información académica y profesional, vale más el diálogo de persona a persona, el encuentro con el otro.

 

En esta perspectiva misional, la balanza se inclina hacia el receptor, no el emisor. Por eso, en lugar de insistir en la formación académica y técnica del «fuereño», los recursos financieros y humanos se orientan a preparar al traductor indígena. Él, a fin de cuentas, es el «experto» que usa su idioma y está inmerso en su cultura. La experiencia ha enseñado que es mejor una traducción indígena sin la carga académica del experto que una traducción elaborado por el lingüista extranjero con todo su bagaje teórico y científico. Cuántos Nuevos Testamentos se mantienen por años en las bodegas de iglesias y misiones porque el indígena no los quiere leer, les resultan extraños, secos y sin sabor. En las Américas, se ha dado un paso importante en este cambio de perspectiva. Existen ya dos centros, uno en Costa Rica y el otro en Perú, que ofrece cursos para la formación de traductores nativos. Los logros son desde el principio notorios. Los alumnos que ya habían hecho traducciones antes de estos cursos, han regresado con nuevas herramientas y conocimientos para revisar lo anterior y producir traducciones más fieles al idioma fuente y más naturales en su propio idioma. Herramientas será lo que se les pueda dar, pero el conocimiento real de su lengua y cultura les pertenece a ellos. Como les pertenece la hermenéutica y la metodología para hacer llegar el mensaje redentor del evangelio a su propia gente.

 

Es aleccionador descubrir, a medida que nos adentramos más y más en el conocimiento de la cultura del Mediterráneo oriental, que la cultura que podríamos llamar «bíblica»—sin implicar la idea de «cultura revelada»—está más cercana a la cultura de nuestros pueblos indígenas que a la llamada cultura «occidental». Valores como «honor y vergüenza» propios de la cultura mediterránea, el concepto de personalidad diádica («par, pareja»)—la persona inmersa en el grupo y orientada hacia él—, la estructuración y dinámica de la familia, las interacciones de varones y mujeres en la sociedad,[27] se captan más rápido y se traducen mejor, sin el «impedimento» o «mediación innecesaria» de las interpretaciones y «transformaciones» con «sabor» occidental de muchas versiones castellanas o inglesas.

 

 

Notas

1Emilio Castro, Hacia una pastoral latinoamericana (San José: Publicaciones INDEF, 1974), pp. 125-130.

2René Padilla, “The Mission of the Church in Light of the Kingdom of God”, Transformation (1984, 1/2): 16.

3“No interpretation of the Christian mission must be posited which leaves the impression that the verbal proclamation is ‘in itself persuasive to the unbeliever’, while visible signs—good works—are not” (Padilla: 17).

4Luis Augusto Castro, Beber en el Pozo Ajeno: Evangelización y Encuentro intercultural (Bogotá: Ediciones Paulinas, 1989), pp. 18-19.

5"Bible Translation and Indigenous Peoples in Latin American Bible Society" in Sánchez-Omanson, Discover the Bible: A Manual for Biblical Studies (Miami: UBS, 2001).

6Para un resumen de la historia de las traducciones bíblicas en América Latina véase el artículo anterior de B. Mitchell. Sydney Roy, Misión y encuentro de culturas (Buenos Aires: Kairós Ediciones, 2001) ofrece también un excelente resumen en su artículo titulado “Las Sociedades Bíblicas Unidas en América Latina” (pp. 77-86).

7Eugene A. Nida, “The Bible Translator’s use of Receptor-Language Texts,” The Bible Translator (11, 1960, No. 2): 82.

8Kenneth L. Pike, “Our Own Tongue wherein We Were Born,” The Bible Translator (10, 1959, No. 2): 76, 82.

9Los siguientes cuatro párrafos se basan en el excelente artículo de Eliseo Pérez, “Biblia, Atahualpa y contexto”, que pronto será publicado en el libro Descubre la Biblia-I de las Sociedades Bíblicas Unidas.

10Felipe Guamán Poma de Ayala, Nueva crónica y buen gobierno (México: Siglo XXI), p.357. Titu Cusi Yupanqui, Relaciones de la Conquista del Perú (Lima, 1973).

11Evangelización y liberación, Buenos Aires, 1986, 56-57, citado por Boff, Nova Evangelização. Perspectivas dos oprimidos (Petropolis: Vozes, 1990), pp.31-32.

12CEIDEC, Polos de desarrollo (Guatemala, 1990).

13CEPA, De colores, olores y melodías diferentes (San José: Universidad Bíblica Latinoamericana, 2002).

14«Dios único Maya. Deidad principal en el panteón maya, la cual no podía ser representada materialmente porque era incorpórea. De éste decían que procedían todas las cosas y como era incorpóreo no lo adoraban». Definición tomada de: abcdioses.noneto.com/mayas/dioses/hunab-ku.htm.

15Pike, Our Own Tongue: 76-77.

16Beber en el Pozo Ajeno, p. 29.

17Justo L. González and Catherine González, The Pulpit and the Oppressed (Nahaville: Abingdon Press, 1980), pp. 34-38—En esta crítica, los autores también muestran lo peligroso de una traducción «dinámica» con mentalidad «misionera»—; Thomas D. Hanks, God so Loved the Third World (Maryknoll: Orbis Books, 1984); Elsa Tamez, The Bible of the Oppressed (Maryiknoll: Orbis Books, 1982); Elsa Tamez, The Amnesty of Grace (Nashville: Abingdon Press, 1993); Steven Voth, “Justice vs. Righteousness: A Contextualized Analysis of ‘tzedeq’ in the KJV (English) and the RVR (Spanish)”—Paper presented at the Triennial Translation Workshop of UBS in Malaga, Spain in 2000.

18Tito Paredes, El Evangelio: un tesoro en vasijas de barro (Buenos Aires: Kairós Ediciones, 2000), pp. 114-115.

19Eduardo Galeano, Patas arriba: la escuela del mundo al revés (México: Siglo XXI Editores, 1998), p.14.

20Pablo Richard, “La Biblia y la memoria histórica de los pobres”, Las iglesias en la práctica de la justicia (San José: DEI, 1981), p. 41.

21Lamin Sanneh, Translating the Message. The Missionary Impact on Culture (Maryknoll: Orbis Books, 1989), p.31.

22William Mitchell, La Biblia en las Américas, No.1, enero-marzo1988, p.13

23Luis Augusto Castro, Beber en el Pozo Ajeno, p. 8.

24Mario Vargas Llosa, El hablador (Barcelona: Seix Barral, 1987), contraportada.

25Vargas Llosa, pp. 117-119.

26Beber en el Pozo Ajeno, p. 23.

27Al respecto, véanse las siguientes obras: Bruce J. Malina, El mundo del Nuevo Testamento: Perspectivas desde la antropología cultural (Estella: Editorial Verbo Divino, 1995); del mismo autor, El mundo social de Jesús y los evangelios: La antropología cultural mediterránea y el Nuevo Testamento (Santander: Editorial Sal Terrae, 2002); Malina y Richard L. Rohrbaugh, Los evangelios sinópticos y la cultura mediterránea del siglo I (Estella: Editorial Verbo Divino, 1996).

 

 

La Profecia : ¿Un mensaje para el presente o para el futuro?

Garrett-Evangelical Theological Seminary

Evanston, Illinois, E.E.U.U.

Osvaldo D. Vena

Introducción: No hay profecía sin profeta

En la Biblia la profecía esta íntimamente relacionada con la persona del profeta o, en algunos casos, de la profetisa (cf. Ex 15:20; Jue 4:4; 2 R 22:14). Profeta es una palabra que deriva del griego profetes que significa una persona que habla en nombre de otra, generalmente de un dios o una diosa. Esta palabra griega traduce el vocablo hebreo nabi, que conlleva la idea de alguien que comunica un mensaje divino. La acción de profetizar es posible porque el espíritu de Dios viene sobre la persona y le hace emitir un mensaje o cumplir una función relevante, ya sea para el presente o para el futuro inmediato. Dios, la realidad última, necesita al profeta o la profetiza para mediatizar su verdad al ser humano, pues solo así puede el ser humano escuchar la voz de Dios. El profeta es un instrumento en las manos de Dios, pero lejos de ser totalmente pasivo se constituye en los ojos, los oídos y el corazón de Dios. Es como si Dios viera, oyera y sientiera a través del profeta de tal manera que cuando el profeta dice “Así dice el Señor Dios de Israel” no hay diferencia entre lo que dice y siente el profeta en ese momento y lo que dice y siente Dios.

La profecía temprana en Israel

En Números 11:24-25 el espíritu del Señor viene sobre los ancianos reunidos en la tienda del encuentro, o sea el tabernáculo, y estos comienzan inmediatamente a profetizar. El texto pareciera sugerir que este profetizar es una acción externa visible, algo que puede ser observado y evaluado. En general los comentaristas afirman que este profetizar era una manifestación de éxtasis expresado en danza y gritería frenética, algo que era común entre los profetas de la monarquía temprana. Un caso típico sería 1 Samuel 10:10-13, donde Saúl, embuído por el espíritu, profetiza en medio de una compañía de profetas. En algunos casos, este tipo de profecía extática incluye el desnudarse y entrar en una especie de trance, una pérdida de control de las funciones mentales y físicas (cf. 1 S 19:24).

Esta actividad se le atribuye también a los profetas de los Baales en 1 Reyes 18:29, aunque su profetizar no produce los mismos efectos que la profecía de los profetas de Yavé, como Elías en este caso. Claramente, para el narrador bíblico, el Dios de Elías es el verdadero Dios y Elías es un verdadero profeta, mientras que Baal no califica como Dios ni tampoco sus profetas como profetas. En general los eruditos bíblicos coinciden en que Israel apropió la forma de profetizar en éxtasis del culto a los Baales de la religión Cannanita. Si esto es así, el pasaje de Números 11 mencionado arriba constituiría un anacronismo histórico, es decir, una descripción de una situación utilizando el lenguaje y la experiencia de un tiempo posterior, ya que el evento que se narra allí sucede mucho antes de que Israel entrara en la tierra de Canaán.

Aparentemente estos profetas tempranos vivían en comunidades o escuelas y deambulaban de un lugar a otro pronunciando oráculos para aquellas personas interesadas en conocer la voluntad de Dios. Los reyes de Israel, por ejemplo, dependían en sus campañas militares de una palabra inspirada que le revelase el futuro inmediato. Así tenemos que a menudo se encuentran grupos de profetas congregados a su alrededor con el propósito de incitar al ejército a la guerra santa en contra de los enemigos de Israel. Claro que a veces estos profetas son simplemente especialistas en buenos augurios, aún cuando las perspectivas del triunfo fueran escasas. El narrador bíblico los tilda de falsos profetas pues no hablan de parte del Señor. Tenemos un caso típico en 1 Reyes 22:5-12 donde Ahab, el rey de Israel, consulta con sus profetas sobre si debe atacar al rey sirio que controlaba la ciudad de Ramot de Galaad o no. Como estos profetas estaban mas interesados en satisfascer los deseos de victoria del rey que en escuchar la voz de Dios, por mas negativa que ella fuera, su profecía de que Dios le daría el triunfo es falsa. No hablan de parte del Señor. En los versículos que siguen, 13-28, encontramos el ejemplo de un verdadero profeta, Micaías, uno que sí habla de parte de Dios. Y su pronóstico es nefasto. Predice la derrota y muerte del rey Ahab, las cuales suceden tal cual el lo anunciara.

La profecía escrita

Los llamados profetas literarios, pues sus profecías han sido preservadas en escritos, son aquellos cuyos ministerios proféticos suceden durante los siglos 8vo al 6to AC, o sea el tiempo de la division del reino en Judá, al sur, e Israel al norte. Estos profetas han pasado a la historia por su celo en desafiar el clima político y social de su tiempo para anunciar el mensaje de Dios a su pueblo. El profeta conoce a Dios en forma íntima. Sabe que el Dios de Israel no es un Dios apático, lejano, pero por el contrario lleno de pasión (pathos) por su pueblo oprimido y de enojo por los líderes injustos que lo dañan. El profeta se sitúa entonces en el medio, en la confluencia del sentir de Dios y de la necesidad del pueblo. Desde esa ubiquidad el profeta emite la palabra profética. Quizás uno de los pasajes que mejor describa esta relación sea Amós 3:8, “¿Quién no tiembla de miedo, si el león ruge? ¿Quién no habla en nombre del Señor, si él lo ordena?” La idea aquí pareciera ser que la acción de profetizar es la consecuencia ineludible de escuchar la voz de Dios, o sea, el deseo de Dios para su pueblo. Como bien lo expresa el profeta Jeremías:

Si digo: “No pensaré más en el Señor, no volveré a hablar en su nombre”, entonces tu palabra en mi interior se convierte en un fuego que devora, que me cala hasta los huesos. Trato de contenerla, pero no puedo. (Jer. 20:9)

El profeta se siente empujado, forzado a comunicar la palabra profética que le quema en su interior. Sabe que su mensaje no será bien recibido pues no es popular, ya que no es lo que los líderes politicos y religiosos quieren escuchar. Y sin embargo, es la voz de Dios para ése momento. Aquí nos encontramos con un asunto de gran importancia: la naturaleza del mensaje profético. Antes del exilio las profecías son por lo general profecías de fracaso. Los profetas profetizan contra Israel. Un ejemplo típico de esto serían las profecías de Jeremías, Oseas, Amós, Isaías1-39, Miqueas 1-3, etc. Durante y después del exilio las profecías se tornan en oráculos de esperanza y restauración. Los profetas anuncian al pueblo que Dios no se ha olvidado de su situación y que los hará retornar a su tierra. Aquí figuran prominentemente las profecías de Isaías 40-66, Ezequiel, Hageo y Zacarías.

Se puede notar cómo, en algunos de los profetas literarios, la profecía comienza a adquirir un relieve escatológico, esto es, comienza a referirse a un futuro que ya no es histórico sino mas bien supra-histórico. La razón por este cambio es el sentimiento de que los programas de restauración nacional y religioso instaurados después del exilio no llegaban a mediar totalmente el Reino de Dios. Aparecen así, dentro de los mismos libros proféticos, secciones que apuntan a un futuro mas allá de la historia donde Dios reinará no solamente sobre Israel pero sobre todo el mundo. Coincide con esto la convicción de que los profetas habían dejado de existir desde el tiempo de Esdras (así opina Flavio Josefo en su tratado Contra Apion) y que inclusive la profecía misma había cesado totalmente. El autor del libro de 1 Macabeos, escrito en el segundo siglo AC, lo expresa así:

Fue un tiempo de grandes sufrimientos para Israel, como no se había visto desde que desaparecieron los profetas (1 Mac. 9:27).

Profetas anónimos comenzaron entonces a escribir sus profecías utilizando el nombre de figuras legendarias del pasado, tales como Noé, Moisés, Henoc, Daniel, Jeremías, Baruc, etc. Sus escritos se popularizaron entre un sector del pueblo que aún esperaba el reino de Dios, gente que no se había acoplado al programa de Helenización impuesto por las dinastías que sucedieron a la muerte de Alejandro Magno, y que había sido abrazado por la aristocracia y varios de los líderes religiosos. Es en este tiempo que la profecía se torna apocalíptica, pues es expresada como revelación directa de Dios a través de un mensajero celestial a un profeta o vidente que luego la comunica al pueblo. Es éste el estilo literario en que fueron escritos los libros de Daniel y el Apocalipsis de Juan. Ambas obras contienen profecías que apuntan a un futuro escatológico que pareciera haberse extendido hasta nuestros días, ya que la situación allí descripta no se ha realizado todavía. Son precisamente estos dos libros que han fomentado interpretaciones erróneas sobre la naturaleza de la profecía. Es nuestra intención en este ensayo ayudar al lector/a a adquirir un entendimiento apropiado de dicho fenómeno.

La profecía en el Nuevo Testamento

La convicción de los escritores del Nuevo Testamento es que Jesús de Nazareth había inaugurado una nueva era en la historia de Dios con su pueblo. El espíritu aparece nuevamente llenando a ciertas personas y capacitándolas para la tarea de proclamación. Esto solo podía significar que el espíritu de profecía habia retornado. El evangelista Lucas nos dice que Zacarías, el padre de Juan el bautista, era una persona llena del espíritu y bajo la influencia del mismo profetiza sobre los destinos paralelos de Juan y su primo Jesús. María, la madre de Jesús, responde al anuncio de su prodigioso embarazo con un cántico que ha pasado a la historia como el Magnificat. Ella también profetiza llena del espíritu. Jesús mismo, en su bautismo, recibe el espíritu que desciende en forma de paloma. Cuando comienza su ministerio en la sinagoga de Nazareth, luego de leer la parte del libro de Isaías que dice “El espíritu del Señor está sobre mí,” Jesús exclama: “Hoy mismo se ha cumplido la Escritura que ustedes acaban de oir” (Lc 4:21b). Después de la resurrrección Jesús impartirá el espíritu a sus seguidores cuando, soplándoles encima, les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20:22).

En el libro de los Hechos, cuando los primeros discípulos y discípulas reciben el bautismo del Espíritu Santo, Pedro dice que esto había sucedido en cumplimiento de la profecía de Joel: “Sucederá que en los últimos días, dice Dios, derramaré mi Espíritu sobre toda la humanidad” (Hch 2:17a). Lo importante aquí es que el Espíritu es derramado sobre “toda carne” (pasan sarka). Esto incluye hijos e hijas, jóvenes y ancianos, esclavos y esclavas. El mensaje es claro: el Espíritu de Dios no conoce distinciones de sexo, edad y estrato social. Como vemos, en el Nuevo Testamento el espíritu ha regresado a inspirar personas para ministerios específicos. Lucas nos dice que en la comunidad primitiva había profetas y profetizas (cf. Hch 11:27; 13:1; 15:32; 21:9, 10) y el apóstol Pablo instruye a los cristianos de Corinto sobre el don de profecía (1 Cor 14).

Por último, el libro del Apocalipsis es una profecía apocalíptica que narra los acontecimientos que de acuerdo al profeta habrían de suceder en la vida del pueblo creyente en el futuro inmediato. La profecía le es dada por revelación. De ahí el nombre, apocalipsis, que significa precisamente eso: revelación, o, descubrir, desvelar, esto es, quitar el velo. Contrariamente a lo que se piensa generalmente, esta revelación no es para el tiempo del fin sino para el presente (Ap 1:19)

Pasemos ahora a analizar aquellas instancias en donde aparece la palabra profecía para ver en qué forma se ajustan a la descripción que hemos hecho arriba.

Profecía en el Antiguo Testamento

2 Crónicas 9:29

El resto de la historia de Salomón, desde el principio hasta el fin, está escrito en las crónicas del profeta Natán, en la profecía de Ahias el de Siló, y en las revelaciones del profeta Iddo concernientes a Jeroboam, hijo de Nabat.

Aquí profecía se refiere a una actividad que se ocupa de acontecimientos históricos –el reino de Salomón. Es interesante observar que un profeta –Natán- es descripto como uno que escribe “crónicas”, que es un documento de una naturaleza histórica más que profética. Del profeta Ahías se dice que él también ha narrado por escrito los hechos del reinado de Salomón. Por su parte Iddo, el vidente, también se ha preocupado por escribir sus visiones. De manera que en este pasaje, profeta y profecía, vidente y visiones, tienen que ver principalmente con una actividad de registrar por escrito acontecimientos históricos. En ningun momento se sugiere que la profecía se ocupa de un futuro escatológico. Esto vendrá mas tarde en la historia de Israel.

2 Crónicas 15:8

Cuando Asa oyó este mensaje del profeta, se armó de valor y eliminó los repugnantes ídolos de todo el territorio de Judá y Benjamín y de las ciudades que había conquistado en la montaña de Efraín…

Aquí “mensaje del profeta” traduce el hebreo “la profecía del profeta”. En este caso es el profeta Azarías quien trae un mesaje de Dios para su pueblo, un mensaje que es inspirado pues el espíritu de Dios viene sobre el profeta capacitándolo para su tarea de proclamación. En su mensaje Azarías hace un recuento histórico de la relacion entre Dios e Israel y entre Dios y otras naciones. De nuevo, profecía no se relaciona con predecir el futuro, sino mas bien con recordar el pasado para producir cambios en el presente. Estos cambios fueron implementados por el rey Asá, quien en obediecia a la profecía de Azarías, destruye los altares del culto extranjero y renueva el pacto con el Señor, Dios de Israel, en una ceremonia pública en Jerusalém (2 Cr 15:10-15).

Nehemías 6:12

Además me dí cuenta de que él no hablaba de parte de Dios, sino que decía todo aquello contra mí porque Sambalat y Tobías lo habían sobornado.

Semaías, un profeta a sueldo, no enviado por Dios, lo alerta a Nehemías sobre lo que aparentemente le sucederá esa misma noche y sugiere que debería esconderse en el templo para protegerse de los que quieren quitarle la vida. Esta recomendación, presentada como una especie de profecía (el hebreo dice “habló la profecía contra mí”), es contraria al espíritu y la tarea de reconstrucción de Nehemías y este sospecha de que el mensaje no es de Dios. Su sospecha es confirmada: se da cuenta que Semaías ha sido contratado por sus enemigos para desprestigiarlo. Aquí, entonces, profecía tiene que ver con un curso de acción que es recomendado y una predicción (falsa) de un acontecimiento que sucedería en el futuro inmediato (“esta noche”).

Proverbios 30:1; 31:1

Dichos de Agur, hijo de Jaque de Masa
(Dichos de Agur hijo de Jaque. Oráculo) NVI

Dichos del rey Lemuel de Masa, con los cuales su madre le dio instrucción.
(Los dichos del rey Lemuel. Oráculo mediante el cual su madre lo instruyó) NVI

En estos dos pasajes aparece la palabra masa que puede significar “profecía”,“oráculo”, o simplemente referirse a una tribu árabe del norte. Si se elige la traducción “profecía” u “oráculo” entonces en este contexto parecería referirse a unos dichos de sabiduría, o sea, a unos proverbios. No hay aquí predicción del futuro ni recuento del pasado sino reflecciones sobre lo cotidiano que tienen como propósito hacer que la gente viva sabiamente. Como todo proverbio, estos son más deseos del corazón, expresiones de esperanza de la persona que confía en Dios, que afirmaciones de hechos ya realizados. En este sentido la función de la profecía es instruir, como pareciera ser la idea en 31:1: la madre del rey Lemuel usó un oráculo para enseñarle sobre la esposa ideal. Esta descripción sigue los canones de la cultura del medio oriente en cuanto a cuáles son las virtudes esenciales de una mujer. Como oráculo no predice, simplemente describe o, mejor dicho, prescribe: así es como una sabia mujer debería comportarse.

Proverbios 29:18

Donde no hay dirección divina, no hay orden;
¡felíz el pueblo que cumple la ley de Dios!

El hebreo permite varias traducciones: “Cuando no hay visiones, el pueblo se relaja” o “cuando no hay revelación”, o “cuando no hay profecía”. La idea es que el pueblo necesita la guía y la instrucción de la palabra profética pero aparentemente esta palabra no está disponible en el presente. El versículo continúa diciendo: “felíz el pueblo que cumple la ley de Dios”. La palabra hebrea para ley es tora, que puede traducirse también “enseñanza” o “instrucción”. Se podría deducir de este pasaje que la obediencia a la ley de Dios provee la felicidad para el diario vivir que aquellos que viven relajadamente por falta de un profeta que denuncie sus faltas no llegan nunca a conocer. Si los profetas aparecieron en la vida institucional de Israel porque el pueblo y sus líderes habían olvidado la ley de Dios, la obediencia diaria a los mandamientos divinos, expresados en proverbios, en sabiduría práctica para la vida, hace innecesaria la actividad profética. En otras palabras, la sabiduría reemplaza a la profecía, o mejor aún, es ella misma una suerte de profecía, ya que tanto la palabra profética como la palabra de sabiduría tienen su origen en Dios (cf. Pr 30:3).

Daniel 9:24

Setenta semanas han de pasar sobre tu pueblo y tu ciudad santa…para que se cumplan la visión y la profecía…”

Algunas versiones traducen aquí “para sellar la visión y el profeta”. El hebreo sugiere la idea de profecía pero la palabra es nabi, “profeta”. En el contexto del libro de Daniel, profecía apunta claramente a una revelación de las cosas que irían a suceder en el futuro del profeta y del pueblo. En este caso se refiere a los acontecimientos que se desarrollarían en la historia de Israel, comenzando con el cautiverio Babilónico y llegando hasta los días de la dominación Seléucida, especialmente del rey Antíoco Epífanes. En la revelación dada al profeta Daniel estos acontecimientos culminarían con la vindicación del pueblo fiel en el juicio final y la resurrección de los muertos. Por eso la profecía está “sellada”, esto es, garantizada y por lo tanto sucederá tal cual ha sido predicha.

Estas son las únicas instancias de la palabra profecía en el AT pero en realidad todo el mensaje de los profetas es una palabra profética, es decir, un anuncio de la voluntad de Dios para su pueblo que generalmente tiene que ver con un curso de acción que debe tomarse en el futuro inmediato o con una palabra de aliento para el pueblo perseguido u oprimido de que Dios pronto actuará en su favor.  

Profecía en el Nuevo Testamento

Mateo 13:14

Así, en el caso de ellos se cumple lo que dijo el profeta Isaías…”

Una traducción mas literal sería “se cumple la profecía ( profeteia) de Isaías”, lo cual se refiere al libro de Isaías. En muchas otras partes se utiliza la palabra oráculo (rezen) con el mismo sentido (cf. Mt 12:17; 8:17; etc.). En el tiempo de Jesús las profecías de los profetas formaban ya parte del canon de la Biblia hebrea. Los Profetas eran leídos en las sinagogas de Palestina y del mundo Greco Romano juntamente con la Ley de Moisés.

Al principio era la palabra del profeta la que tenía autoridad. Su mensaje estaba precedido por la fórmula: “Así dice el Señor, el Dios de Israel” (cf. Jer 23:2), u “Oíd la palabra del Señor” (cf. Jer.7:2). El pueblo entendía que era Dios quien hablaba a través del profeta o la profetisa. La palabra tenía autoridad en forma inmediata. Pero también algunos profetas eran instruídos por Dios a escribir su profecía. Cuando esto sucede la profecía adquiere un valor mas permanente, pues no queda solamente en la memoria de aquellos que pudieron oir al profeta sino que, como texto escrito, ejerce una función correctiva en las generaciones siguientes. Esto es importante especialmente durante el período de la dominación Helénica y más tarde Romana, cuando dejan de existir los profetas como agentes de la palabra de Dios al pueblo. La palabra escrita reemplaza entonces a la presencia física del profeta. La profecía comienza a ser leída mas que escuchada en forma directa de la boca del profeta. Es por eso que cuando los evangelistas nos dicen que Juan el Bautista aparece proclamando un llamado al arrepentimiento, ejerciendo una clara función profética, su rol debe ser explicado o aún justificado por medio de una referencia a la profecía escrita de Isaías (cf. Mc 1:2-3). Esto se ve aún mas claramente en el evangelio de Mateo donde se nos dice que una serie de eventos en la vida del niño Jesús habían sido ya predichos en las profecías escritas de los profetas (cf. Mt 1:22; 2:5,15,17; 4:14;etc.)

Romanos 12:6; 1 Corintios 12:10; 13:2,8; 14: 1-25, 29-33a.

En todos estos pasajes profeteia es uno de los dones (carismata) del Espíritu. Pablo se preocupa por aclarar que si bien todos los carismas vienen del mismo Espíritu, hay dones que son mas beneficiosos para la comunidad que otros. El don de profecía, por ejemplo, es uno de ellos. Es sumamente interesante lo que Pablo entiende por profecía. Es posible que su descripcion proceda de las prácticas cúlticas de sus congregaciones, donde existía una gran influencia del medio ambiente Griego o Helenístico. Pero la base teológica para su entendimiento es que Jesucristo había inaugurado la era del Espíritu. Según Pablo se estaba viviendo ya el tiempo del fin, cuando el Señor retornaría del cielo a buscar a su pueblo sufriente. En este contexto la profecía en la iglesia sirve el propósito de preparar a los creyentes para ese día y tratar de convencer a los no creyentes de la urgencia de creer que Dios verdaderamente habita en la comunidad que confiesa al Cristo resucitado (1Co 14:24-25). En otras palabras, la profecía esta puesta al servicio de la escatología.

Romanos 12:6

Dios nos ha dado diferentes dones, según lo que él quizo dar a cada uno. Por lo tanto, si Dios nos ha dado el don de profecía, hablemos según la fe que tenemos.

Pablo argumenta que la iglesia esta constituída por muchos miembros que se reconocen como parte de un mismo cuerpo. En este cuerpo hay diferentes carismas o dones, los cuales cumplen diferentes funciones, pero todas ellas apuntan a sostener y nutrir el cuerpo. Uno de estos dones es el don de profecía. Pablo afirma que este don debe ser utilizado “según la fe que tenemos” o, como dicen otras versiones, “en la medida de nuestra fe”. ¿Qué significa ésto? Hay dos posibilidades. Puede significar que la fe, en cuanto contenido doctrinal objetivo, es el único criterio por el cual la profecía en la congregación puede ser evaluada. O puede significar la confianza del o de la que profetiza de que Dios le dará las palabras necesarias cuando llegue el momento de profetizar. Creemos que esta última idea es la mas adecuada.

Ahora bien, como cada persona ha recibido de Dios una medida o proporción diferente de fe (cf. Ro 12:3), la profecía variará de acuerdo a cuánta fe una persona posea. Esta fe, por ser un carisma del Espíritu (1 Co 12:9), no debe ser interpretada como confiriendo más o menos status a la persona que la recibe pero mas bien en términos de su función en la congregación. Dios es el que ha repartido los dones y éstos deben ser utilizados sobriamente, no como motivo para gloriarse sino mas bien como instrumentos para la edificación de la iglesia. La profecía, entonces, debe estar íntimamente relacionada con la fe, o sea, con una dependencia y confianza en que Dios dará las palabras para que la profecia se comunique. De lo contrario la profecía se convierte en falsa. Al igual que aquellos profetas del Antiguo Testamento que se encargaban de profetizar solamente lo bueno, estos profetas de las comunidades cristianas tempranas profetizaban falsamente, de lo que había en sus corazones, no en el corazón de Dios. Esto les acarreaba fama y prestigio. De ahí que el apóstol advirtiera a los creyentes de que no deberían pensar de sí mismos más de lo debido (Ro 12:3).

1 Corintios 12:10

Unos reciben poder para hacer milagros, y otros tienen el don de profecía.

En este pasaje Pablo menciona nuevamente el don de profecía como parte de una lista de dones que el Espíritu ha distribuído en la iglesia. Esta lista no debe ser entendida como final o totalizadora. De ninguna manera. Es simplemente una enumeración de los dones más visibles en la comunidad de Corinto. Uno de los errores mas notables de los exégetas bíblicos ha sido el considerar a Pablo como un teólogo sistemático, es decir, un creador de doctrinas fijas e inamovibles, alguien que describe en forma exacta los límites de la doctrina cristiana. Pero Pablo era un carismático. El mismo lo dice en 1 Co 14:18-19. Bajo la influencia del Espíritu, y de las situaciones particulares por las que atravesaban sus congregaciones, Pablo dá instrucciones contextuales, agregando o substrayendo a sus listas de dones o vicios, cambiando una palabra por otra, dándole a una misma palabra significados diferentes. El lenguaje no es para Pablo un fin en sí mismo sino más bien un medio para hacer conocer la voluntad del Espíritu. Desafortunadamente, la iglesia que le sucedió no supo interpretar esta libertad semántica del apóstol e hizo un dogma de lo que fueron sencillamente consejos pastorales, inspirados por el Espíritu Santo, para congregaciones que estaban atravezando momentos difíciles.

1 Corintios 13:2, 8-10

Y si tengo el don de profecía, y entiendo todos los designios secretos de Dios, y sé todas las cosas, y si tengo la fé necesaria para mover montañas, pero no tengo amor, no soy nada….El amor jamás dejará de existir. Un día el don de profecía terminará, y ya no se hablará en lenguas, ni serán necesarios los conocimientos. Porque los conocimientos y la profecía son cosas imperfectas, que llegarán a su fin cuando venga lo que es perfecto.

Los dones del Espíritu, dice Pablo, pueden llegar a usarse indebidamente, para provecho personal. Usados fuera del contexto del amor (agape), pierden su valor. En lugar de valorizar a la persona que los posee, la desvalorizan. “Si no tengo amor, no soy nada…de nada me sirve”

En el versículo 2 la profecía es descripta como aquel don mediante el cual una persona puede acceder a los misterios divinos lo cual la capacita para entender la realidad humana. Así y todo, comparado con el amor, este don tiene un valor secundario y un alcance limitado (v.9). El don de profecía, como todos los demás dones, sirve para equipar a la iglesia en su ministerio de proclamación del evangelio. Pero llegará un día cuando ya no será necesario, pues el reino de Dios sera la única realidad que exista.

1 Corintios 14: 1

Procuren, pues, tener amor, y al mismo tiempo aspiren a que Dios les de dones espirituales, especialmente el de profecía.

En este capítulo, en los versículos 1-33a y 37-40, encontramos la enseñanza Paulina más concreta sobre el don de profecía. El apóstol obviamente tiene predilección por este don, no por lo que el mismo otorga a la persona que lo posee pero por su función en la comunidad. Por eso él aconseja que se deben procurar los dones mejores, esto es, aquellos que sirven mejor al pueblo de Dios, sobre todo el don de profecía (14:39).

¿Cuál es el entendimiento Paulino de este don? Pablo lo compara con el don de lenguas y afirma que el don de profecía es mas importante pues cumple una función social en la congregación. Esto se basa en que para el apóstol no hay nada mas importante que el amor. Utiliza todo el capítulo 13 para referirse a este tema. De ahí entonces que los dones que edifican a la comunidad en amor son puestos de relieve. Posiblemente los corintios enfatizaban demasiado el don de lenguas lo cual creaba un cierto resentimiento entre aquellas personas que no lo poseían. Pablo afirma que el don de lenguas es importante. El mismo lo tenía (v.18) pero aparentemente limitaba su uso a la devoción privada, ya que afirma que en la iglesia el prefería comunicar mensajes proféticos, entendibles, para enseñar a otros, antes que hablar a Dios en lenguas. Cuando una persona ora a Dios en lenguas extrañas, dice Pablo, la única persona que se beneficia es ella sola. Y no la persona total sino su espíritu. Hay una conección entre el orante y Dios que elude la razón, es irracional, y si bien esto es válido, dice el apóstol, “mi entendimiento permancece estéril” (v.14). La persona que escucha las lenguas no sabe la razón por la cual está dando gracias el o la orante y, al no poder decir amén a su acción de gracias, permanece sin edificación (vv.16-17). Esto no es lo que Pablo desea para la iglesia en Corinto. La única forma en que las lenguas pueden llegar a ser de edificación es si alguien que posee el don de interpretación de lenguas (cf. 1 Co 12:10) interpreta su significado para la iglesia (v.5).

Un asunto interesante que Pablo recalca es que el don de profecía debe estar bajo el control del profeta. ¿Qué significa ésto? La palabra clave aquí es jupotasetai, que se traduce “sometidos”. Puede significar que la profecía en la iglesia está sometida a la evaluación de aquellos que tienen el don de profecía. La evaluación tiene por fin detectar una falsa profecía o un falso profeta. O bien puede significar que solo la persona que posee el don de profecía puede ser el instrumento válido para transmitir la palabra profética. El trasfondo de esta recomendación podría ser la presencia en la congregación de Corinto de personas que se atribuían el don de profecía sin en realidad poseerlo, lo cual las constituía en falsos profetas o profetizas. El contexto de este pasaje pareciera sugerir la primera posibilidad, esto es, que para asegurar el orden en la congregación las profecías deberían hacerse por turno, en un número limitado de individuos (dos o tres sugiere Pablo) para no crear confusión, y que el resto de los que tienen el don de profecía deberían juzgar la veracidad de la palabra profética emitida.

Lucas 1:67-68

Zacarías, el padre del niño, lleno del Espíritu Santo y hablando proféticamente, dijo: “Bendito sea el Señor, Dios de Israel, porque ha venido a rescatar a su pueblo”.

Zacarías, el padre de Juan el Bautista, profiere una profecía concerniente al destino del niño recién nacido. Esta tiene la forma de un himno similar al de María en el mismo capítulo, el famoso Magnificat. Zacarías hace una enumeración de las promesas de Dios a su pueblo en el pasado y anuncia cómo esas promesas se han comenzado a cumplir con el nacimiento de Juan. La profecía no narra los acontecimientos futuros en detalle. Solamente describe cómo en el futuro inmediato Dios comenzará a manifestar su plan salvífico para Israel a través del ministerio profético de Juan. Se trata de un delineamiento mayormente teólogico, y no cronólogico, del futuro del pueblo creyente a la luz de las promesas divinas.

1 Timoteo 4:14

No descuides los dones que tienes y que Dios te concedió cuando, por inspiración profética, los ancianos de la iglesia te impusieron las manos.

Aquí Timoteo es exhortado a no descuidar los dones que hay en él (el griego dice “el don” y no se explica a cual de los dones del Espíritu el autor se refiere) y que le fuera transferido por medio de profecía (profeteia), o don profético, a través de la imposición de manos del consejo de ancianos. Es importante notar que la profecía es canalizada a través de la imposición de manos o en conjunción con la misma. Vemos cómo los dones, que en 1 Corintios y Romanos parecieran ser distribuídos libremente por el Espiritu, aquí necesitan ser mediatizados por los ancianos que ejercen autoridad en la comunidad. Esto parece reflejar un tiempo cuando el liderazgo de la iglesia ha comenzado a reservarse el derecho de controlar el acceso de los creyentes a los dones del Espíritu. La libertad en la cual se experimentaban estos dones en las comunidades Paulinas ha dado lugar ahora a un control por parte de la jerarquía con el propósito de garantizar el correcto uso y el destinatario apropiado de los dones. Esto pareciera denotar una iglesia que ha emprendido ya el camino hacia la institucionalización.

2 Pedro 1: 19-21

Esto hace más seguro el mensaje de los profetas, el cual con toda razón toman ustedes en cuenta. Pues ese mensaje es como una lámpara que brilla en un lugar oscuro, hasta que el día amanezca y la estrella de la mañana salga para alumbrarles el corazón. Pero ante todo tengan esto presente: que ninguna profecía de la Escritura es algo que uno pueda interpretar según el propio parecer, porque los profetas nunca hablaron por iniciativa humana; al contrario, eran hombres que hablaban de parte de Dios, dirigidos por el Espíritu Santo.

Profecía se refiere aquí al mensaje escrito de los profetas, una referencia a la Biblia hebrea, la cual propiamente interpretada apunta claramente a la venida de Jesucristo. Es importante destacar la relación entre el mensaje inspirado de los profetas y la interpretación inspirada de sus profecías. De nuevo, lo que garantiza una correcta lectura cristológica del Antiguo Testamento es el Espíritu Santo. Y el autor previene a su audiencia de que es posible que, así como existían falsos profetas en el pueblo de Israel, algunos en la congregación interpreten falsamente las escrituras. Uno de los problemas en la comunidad era que algunos negaban la segunda venida de Cristo (cf. 3:4). El autor los declara falsos maestros y considera sus enseñanzas como herejías (2:1). Obviamente, el autor se coloca del lado de los que están autorizados para decidir quiénes son los falsos intérpretes de la tradición.

Apocalipsis 1:3; 22:7,10,18, 19

Dichoso el que lee y dichosos los que escuchan la lectura de este mensaje profético, y hacen caso de lo que aquí está escrito, porque ya se acerca el tiempo (1:3).

¡Vengo pronto! ¡Dichoso el que hace caso del mensaje profético que está escrito en este libro! (22:7)

También me dijo: “No guardes en secreto el mensaje profético que está escrito en este libro, porque ya se acerca el tiempo de su cumplimiento (22:10).

A todos los que escuchan el mensaje profético escrito en este libro, les advierto esto…Y si alguno quita algo del mensaje profético escrito en este libro…(22: 18-19).

En todos los versículos mencionados arriba la construcción griega es siempre “las palabras de la profecía” (tous logous tes profeteias), la cual se refiere al libro de apocalipsis como profecía escrita. Es interesante notar que todo el libro del Apocalipsis esta encerrado entre dos afirmaciones similares, una en 1:3 y otra en 22:18-19. En ambos casos hay una referencia al tiempo del fin expresada en la misma forma: “el tiempo está cerca” (jo kairos engus). Claramente, la profecía contenida entre estas dos afirmaciones, entre los capítulos 1 y 22, es un mensaje para el tiempo presente que necesita ser escuchado y obedecido, dado que según Juan el fin de todas las cosas se acerca. Esta profecía está expresada en forma visionaria (4:1), la cual le llega al profeta a través de una experiencia de éxtasis (1:10; 4:2). Una y otra vez este libro deja entrever la dinámica de la revelación apocalíptica: un mensajero celestial comunica su mensaje a un vidente que, en forma espiritual, no literal, visita las regiones celestes en donde se le muestran los acontecimientos que habrían de suceder en el mundo real del profeta.

Apocalipsis 11:6

Estos testigos tienen poder para cerrar el cielo, para que no llueva durante el tiempo en que esten comunicando su mensaje profético, y también tienen poder para cambiar el agua en sangre y para hacer sufrir a la tierra con toda clase de calamidades, tantas veces como ellos quieran.

Aquí se refiere al ministerio profético, “la profecía” de los dos testigos, quienes asumen características muy parecidas a las de Elías y Moisés en el Antiguo Testamento. El precio que pagan por su ministerio profético es la muerte (11:7), la cual es seguida por una vindicación divina en la forma de resurrección y ascensión a los cielos (11:12). Obviamente la profecía de estos dos testigos es una denuncia de los poderes de maldad que dominan el mundo, simbolizados en la bestia que sube del abismo (11:7). Nuevamente vemos cómo profecía es entendida en términos de un mensaje de parte de Dios relevante para la situación actual.

Apocalipsis 19:10

Me arrodillé a los pies del ángel, para adorarlo, pero él me dijo: “No hagas eso, pues yo soy siervo de Dios, lo mismo que tú y tus hermanos que siguen fieles al testimonio de Jesús. Adora a Dios.” Pues este testimonio de Jesús es el que inspira a los profetas.

La expresión “el testimonio de Jesús” se utiliza varias veces en el Apocalipsis junto con “la Palabra de Dios” (cf. 1:2; 6:9; 12:17; 20:4). Obviamente el testimonio de Jesús y la Palabra de Dios están íntimamente conectados. Si comparamos este pasaje con el de Apocalipsis 22:8-9 vemos una semejanza muy interesante:

Yo, Juan, ví y oí estas cosas. Y después de verlas y oírlas, me arrodillé a los pies del ángel que me las había mostrado, para adorarlo. Pero él me dijo: “No hagas eso, pues yo soy siervo de Dios, lo mismo que tú y que tus hermanos los profetas y que todos los que hacen caso de lo que está escrito en este libro. Adora a Dios.”

Claramente, “las palabras de este libro” y “el testimonio de Jesús” son usados como sinónimos. El libro del Apocalipsis es un testimonio de Jesús dado por profetas como Juan. Como tal es Palabra de Dios, inspirada por el Espíritu, quien a su vez inspira a los profetas.

La iglesia, una comunidad profetica

Lo que califica a la iglesia como profética es el hablar en nombre de Dios, el comunicar un mensaje a través de la inspiración del Espíritu Santo, es poder decir a sus contemporáneos: “Así dice el Señor.” La iglesia primitiva comprendió desde el principio que ésta era su función. En el evangelio de Juan, Jesús promete enviar el Espíritu Santo después de su partida. Jesús lo llama el Defensor (parakletos), el Espíritu de la verdad (Jn 14:16-17). Pero como el mundo no puede recibirle, la comunidad es su mediadora al mundo. Al proclamar un mensaje en nombre de Dios a través de la inspiración del Espíritu, la comunidad se transforma en una comunidad profética. Esto se ve claramente en 14:26, donde se nos dice que el Defensor -o el Consolador en otras traducciones- cumplirá la función de enseñarles a los discípulos todas las cosas y de recordarles las enseñanzas de Jesús. El Espíritu guiará a la comunidad a toda la verdad, comunicándole los secretos de Dios y anunciándoles las cosas que habrán de venir (16:13). El libro de los Hechos de los Apóstoles sugiere que la razón por la cual la misión de la iglesia primitiva tuvo tanta repercusión fué por la presencia del Espíritu en su medio. El Espíritu llega el día de Pentecostés y capacita a los discípulos y discípulas para “hablar…las maravillas de Dios” (Hch 2:11). Esto es ciertamente mensaje profético. El resto del libro de los Hechos proporciona innumerables ejemplos de cómo la comunidad, inspirada por el Espíritu, lleva adelante su misión. De manera que misión y mensaje profético son inseparables, dos caras de una misma moneda.

Todos estos pasajes dejan entrever cómo el Espíritu, actuando en el medio de la comunidad, la capacita para una tarea que es sin duda profética, ya que involucra anunciar a sus contemporarios que Dios, en Cristo, se ha acercado para liberar al ser humano de todo aquello que no le permite alcanzar su potencial total como criatura de Dios. Cada vez que en la Biblia se habla de una acción o una demanda divina que es comunicada por mediadores humanos estamos hablando de profecía aun cuando ésta no incluya una predicción del futuro. Este mensaje es siempre desestabilizador pues confronta al ser humano con el imperativo divino de hacer justicia, amar misericordia y obedecer humildemente a Dios (Miq 6:8b).

Como parte de la iglesia de Jesucristo en el siglo veintiuno debemos ser conscientes de no cometer dos errores que muchos cristianos sinceros han cometido a través del tiempo. El primero es limitar la profecía a una predicción de los acontecimientos futuros. Como hemos visto, la Biblia parece sugerir que la profecía tiene que ver con un mensaje que se anuncia hoy para hoy, un mensaje que se basa en la actividad de Dios en el pasado y que exhorta a la comunidad y al mundo a un curso de acción, a una ética que esté de acuerdo con lo que Dios espera del ser humano. En esta función profética la iglesia va a denunciar las estructuras de poder –ya sean políticas, económicas o religiosas- que alienan a los seres humanos sin dejarles alcanzar la plenitud de vida para la que fueron creados. La profecía tiene un ojo puesto en el pasado y otro en el futuro, pero habla para el presente. La tarea de la iglesia, entonces, no es predecir el futuro, pues éste ya se conoce: Dios triunfará al fin. Así lo afirma Apocalipsis 21:14:

Secará todas las lágrimas de ellos, y ya no habrá muerte, ni llanto, ni lamento, ni dolor; porque todo lo que antes existía ha dejado de existir.

El segundo error es pensar que se puede limitar la profecía a aquellas personas que poseen el don carismático de la profecía. Algunas denominaciones afirman que los dones que se describen en 1 Corintios 12 están aún presentes en la iglesia de hoy. Es especialmente en estos círculos donde se corre el riesgo de pensar que la profecía es patrimonio de unos pocos, de aquellos a quienes el Espíritu ha concedido este don. Sin llegar a negar que ciertas personas puedan poseer una capacidad espiritual especial para discernir la realidad, y que esta capacidad sea algo dado por Dios, quisieramos afirmar vehementemente que la iglesia como comunidad, como presencia en el mundo, toda la iglesia, cada uno de sus miembros, cumple, o debería cumplir una función profética tal cual la describiéramos en este ensayo.

En el Apocalipsis de Juan el testimonio profético de toda una comunidad se paga con el sufrimiento y el martirio, al cual seguiría, según el vidente, la vindicación divina y el acceso al reino celestial para participar de las bodas del Cordero. Este no es otro mas que el Jesús resucitado, quien en su vida terrenal fué identificado, y se comportó, como un auténtico profeta. La iglesia actual esta llamada a imitar su ejemplo, lo cual implicaría estar dispuesta a pagar el mismo precio que el pagó por su fidelidad a Dios y su reino. Al igual que en el Antiguo Testamento y en el tiempo de Jesús, las instituciones del poder político, económico y religioso de nuestra sociedad harán todo lo posible para silenciar al profeta y su profecía. La tarea de la iglesia, entonces, es ser fiel al llamado de Dios y estar dispuesta a anunciar el mensaje profético de liberación cualquiera sea el costo.

Preguntas para la discusión

1. ¿Hay alguna diferencia entre el don de profecía que el Espíritu distribuye libremente en la iglesia y la misión profética de ésta como un todo?

2. Si Jesús es descripto en los evangelios como un profeta, ¿podríamos decir entonces que Jesús poseía el “don” de profecía? Si la respuesta es no, ¿puede existir profecia sin el don carismático del que habla Pablo?

3. ¿Cuáles serían algunas de las implicaciones prácticas del ministerio profético de la iglesia en la actualidad?

4. Dado el entendimiento popular del profeta como aquel que predice el futuro y de la profecía como un mapa detallado de los acontecimientos que habrán de suceder en el mundo, como debería entonces la iglesia vivir su vocacion profetica de manera que estas nociones erroneas puedan ser combatidas?

5. ¿Cuál podría ser una respuesta, desde la perspectiva bíblica de la profecía, a la euforia carismático-evangelística que permea muchas de las denominaciones protestantes de Estados Unidos y América Latina?