Kaqchikel


Las traductoras de la Biblia Kaqchikel

Tal como sucede en la mayoría de los pueblos indígenas de Mesoamérica, la vida de las mujeres mayas literalmente gira en torno al maíz. Desde luego que también dan a luz, crían a sus hijos, lavan ropa y cocinan.  Pero su oficio es el maíz:  lo secan, lo desgranan, lo lavan y lo muelen para hacer la masa con la que preparan abundantes tortillas calientes para las tres comidas diarias. (Conste que a los hombres mayas no les agradan las tortillas recalentadas.) Se podría decir que las mayas se definen en función del maíz.

Hace once años, en la ciudad kaqchikel de Patzún, Guatemala, cuatro mujeres valientes del nivel más bajo de la sociedad guatemalteca aceptaron efectuar un enorme cambio en su vida y en la de sus respectivas familias: Asumieron el desafío de incorporarse al equipo de traductores del Proyecto Kaqchikel. Definitivamente, este oficio no estaba incluido entre los más aceptables para una buena esposa maya y habría de poner a prueba la comprensión y el compromiso de sus maridos así como la paciencia de sus suegras, que ahora tendrían que hacerse cargo de la crianza de sus nietecitos a largo plazo. De igual manera pondría a prueba el temple de las flamantes traductoras, quienes ahora tendrían que agenciárselas para terminar sus labores domésticas antes del amanecer y en la noche, después de trabajar ocho horas en el proyecto. Y tendrían que hacerlo sin el beneficio de las consabidas cocinas, lavadoras de ropa y demás enseres eléctricos que en el mundo occidental se dan por sentados.

También algunos hombres se incorporaron al equipo. De hecho, el proyecto arrancó con la participación numéricamente equilibrada de hombres y mujeres, muy poco común en otros proyectos. Pero al írseles haciendo evidente lo tedioso del trabajo de traducción, los varones se fueron alejando poco a poco hasta que quedó sólo uno. Serían las mujeres las que habrían de cargar con la mayor parte del trabajo, y serían ellas las que seguirían hasta el final. A veces la vida se les hacía onerosa. Surgían tensiones familiares. A menudo los días agotadores se les hacían eternos. Y el proyecto duraría nada menos que diez largos años. Sabe Dios que no era la paga lo que las alentaba a seguir adelante. Más bien era su convicción inquebrantable de que algún día su labor produciría una abundante cosecha cuando al fin la comunidad kaqchikel pudiese leer la Palabra de Dios en su propio idioma y no en el de sus conquistadores.

Fue el 23 de noviembre del año 2003 cuando su sueño se hizo realidad. Tres de las cuatro traductoras estaban sentadas muy ufanas en la gradería del estadio de fútbol del pueblo vecino de Patzicía cuando el reverendo Cornelio Midence, secretario general de la Sociedad Bíblica de Guatemala, dedicó oficialmente esta Biblia que con tantísimo amor y abnegación habían vertido a su milenario idioma. Se presentó uno por uno a los dignatarios internacionales que habían hecho acto de presencia. Hubo música especial, oradores y una expresión pública de agradecimiento a todos los que de una u otra manera habían contribuido a que el proyecto llegase a su fin.

Concluido el evento, el orador principal, reverendo Abner López, secretario general de la Sociedad Bíblica de México, se acercó al Consultor del proyecto y le expresó su admiración de que el equipo de traductores hubiera sido mayoritariamente femenino. Al reflexionar sobre los equipos de traducción de su propio país, ciento por ciento masculinos, se preguntó cómo estas humildes mujeres indígenas habían llegado a involucrarse en semejante empresa. Con la finalidad de averiguarlo, decidió entrevistarse con ellas y filmar la entrevista para podérsela enseñar a los equipos de traducción mexicanos. Quizá de esa manera fuera posible abrirles las puertas a algunas de las indígenas de su país. ¿Cómo fue que se les invitó a estas cuatro mujeres a participar? El comité de traducción las conocía bien y las consideraba capaces, le explicaron las mujeres. Y sus esposos, ¿no se habían opuesto a la idea? ¿Acaso ellos las habían apoyado en esta conducta tan fuera de lo común? No, no se habían opuesto y sí las habían apoyado. Sus esposos eran creyentes y comprendían la trascendencia del proyecto, le aseguraron las mujeres. Entonces el Secretario General se volvió hacia el Consultor y le preguntó: “Y estas mujeres, ¿estuvieron siempre a la altura de los varones del equipo?” Mientras el Consultor repasaba mentalmente la historia del proyecto, se le ocurrió que habría sido más acertado plantear la pregunta a la inversa.